jueves, 5 de diciembre de 2013

"La tienda" de Eva Laca Valadez



Mañana ociosa de viernes. El reloj descansa silencioso en la mesita y el sueño se alarga sereno y mullido entre pensamientos vacíos.
A horas insultantes, el, desayuno, relajado y excepcional, alimenta todo un día sin destino ni meta. Un día lleno de nada o vacío de todo, según el caprichoso aleteo de una macaón en Bruselas.

Mediodía, un tibio Sol, pugnando entre nubes blancas, guía sus pasos por una ciudad vencida por el éxodo festivo. Entre carreteras mudas y solitarias y calladas calles, siente extraños sus propios . Como una turista accidental, alza la mirada para descubrir alturas antes desconocidas. Le sorprende esa balconada de histórica madera. Ese detalle rococó venido a menos, o simplemente comprobar que su cafetería favorita tiene vecinos en las alturas.

Deambula sin destino, sin meta, sin tiempo. Tan solo un pie tras otro. Tan solo una ligera  brisa en la espalda. Tan solo detenerse ante las ofertas acristaladas. Tan solo callejear, mirando sin ver, limpiando la mente, llenándose de tranquilidad,

O sí había un rumbo, un camino, un destino. Tal vez sus pasos sí sabían a donde ir. Así, se encuentra, como en un sorpresivo despertar, empujando una pesada puerta, que se abre a una habitación oscura y abarrotada. Deshace sus pasos en silencio culpable, pero queda la mano sobre el pomo y los ojos clavados en el abismo interno. Duda, a medio entrar, a medio salir. No se atreves a quedarse. No quiere irse. El tiempo pasa terco y lento. Por fin, asida por el leve susurro del viento, deja atrás la calle y sus ojos, a través de la penumbra, se deleitan ante la multitud de variados y excéntricos objetos que la oscuridad guarda: Vámpiricos espejos de arabescos marcos de tiempos tenebrosos; exquisitas cajitas de nácar donde ocultar terribles secretos; historia en forma de envidiables mobiliario artesanal, y un sin fin de vida muerta que tus ojos y tacto te fueron mostrando.

El tiempo se detiene cuando sus manos lo adivinan. Un escalofrío recorre la tienda y afuera, el viento, queda inmóvil en su propio movimiento. Con dedos delicados limpia el polvo de años de sabiduría que lo cubre. Acerca sus ojos al contorno que marcan unas letras doradas,  que con extremada delicadeza sus dedos seguían. Su corazón guarda respetuoso silencio cuando, con gesto culpable, lo atrae hacia la escasa luz que logra vencer a la oscuridad colándose por una breve claraboya. Su peso voluminoso le parece liviano; su olor de novedosa historia invade la estancia; el crujir de sus hojas apergaminada fue cantos de sirena; su taco áspero, polvo de estrella.
Lo cierra de golpe al sentir un movimiento a su espalda. Pero no ve a nadie en la nebulosa penumbra. Lo acomoda en una repisa, camuflado entre cajtas de música de negro azabache y lustrosos candelabros de reluciente alpaca. Con trémulos pasos avanza entre la insondable oscuridad jalonada de estanterías, anaqueles, repisas desde donde en silencio la observa la historia inerte. Pero no ve a nadie. A pesar de alzar la voz hasta quebrar el silencio, nadie responde a su súplica "¿Hola?". "¿Señor?".

Convencida de haber recorrido por completo la habitación sin hallar aquel soplo de vida, vuelve sobre sus pasos. Allí, entre las cajas de música de azabache y los candelabros de alpaca su libro no está. Palpa con desesperación, mueve con vehemencia aquellos inútiles trastos. Varios caen al suelo con gran sobresalto. Maldice con rabia contenida la hasta ahora cómplice oscuridad, Pero por más que busca, remueve, palpa, cambia, el libro no aparece.

A la breve luz de su móvil, registra, durante horas, todas y cada una de cuantas estanterías halla. Remueve aquellos trozos de historia sin compasión, pero tan sólo encuentra oscuridad y  polvo.


Desesperada, abandona la tienda, sin comprender  aquella broma macabra. Anota calle y número, y vuelve a casa paladeando el breve tacto de aquellas añosas hojas. Al día siguiente, impaciente, conduce sus pasos hacia donde su memoria sitúa aquella misteriosa tienda. Tras horas de angustiosa búsqueda, de eternas preguntas,  de desconcierto, abatida, no hallar ni la calle, ni la tienda, ni la primera edición del Quijote, que pese a lo que la empecinada realidad se empeñe en gritar, ella tubo en sus manos.

                                                 Eva Laca Valadez



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