sábado, 19 de enero de 2013

"La gota" de Francisco Alcaide Urbano




–Y esta es la cocina... –dijo Lago, mientras cerraba el grifo goteante del fregadero.
  Rocío paseo sus ojos verdes por la vieja encimera y los anticuados azulejos. Necesitaba un piso, y lo necesitaba ya. Había conseguido una beca de investigación en una prestigiosa institución de aquella ciudad, y aquel piso estaba a tiro de piedra del famoso laboratorio. Desde el balcón podía ver su mesa de trabajo a través de la ventana de su futuro despacho. Evitando el caótico tráfico de aquella ciudad ahorraría mucho tiempo y dinero, era perfecto.
– Un poco antigua, no? – comentó Rocío, de camino al salón.
– Como el resto del piso –respondió Iago haciendo un amplio gesto con el brazo-, pero todo funciona perfectamente... Ya le he comentado que mi madre quiere conservar algunos cuadros y casi todos los muebles; le haré una limpieza de cara al piso... Un poco de pintura, unos cuadros coloridos... Ikea hace milagros... Hoy está nublado, pero es muy luminoso... Ya verá cómo cambia la cosa. No imagina lo que me ha costado sacar de aquí a mi madre. Las personas mayores, ya sabe... Pero ya era hora de que se viniera a vivir a casa. Temía que cualquier día pudiera ocurrirle algo, aquí sola.
– Comprendo –Rocío simpatizaba con aquel hombre amable que se preocupaba tanto por su madre –. Cuatrocientos euros, no?
– Sí... Cuatrocientos euros más doscientos cincuenta de fianza...
– ¿Podría quedarme hoy mismo?
– Eh... Sí, claro... Si no le importa que venga este Domingo a recoger los muebles... Los armarios aún están llenos de ropa, y los cajones de...
– No hay problema –lo interrumpió Rocío sonriente.
  El hombre abrió un cajón de un vetusto aparador muy recargado.
– Aquí guardé los contratos... ¿Le interesa entonces?
– Sí.

  Formalizaron los contratos y pagos, se dieron sus números de teléfono, y el que ya era su casero le entregó un juego de llaves y el recibo correspondiente a la mensualidad y la fianza.
– Este domingo me pasaré a recoger las cosas. La llamaré antes –dijo Lago mientras salía por la puerta acompañado de Rocío.
  En el descansillo, una gruesa mujer bien entrada en los cincuenta les daba la espalda. Cargada con varias bolsas de comida, buscaba con evidente dificultad la llave de su piso.
– Buenas tardes Doña Angustias –la mujer ni se giró–. ¿Quiere que la ayude con las bolsas?
– No – dijo secamente la mujer mientras abría la puerta, y se internaba en el piso contiguo.
– Bueno... La veo el domingo –se despidió algo apresuradamente Lago.
"Menuda vecinita simpática que tengo enfrente" –pensó Rocío.
  Ya sola en el piso, Rocío escuchó un goteo en la cocina.
– Este grifo habrá que cambiarlo –dijo mientras lo cerraba.

  Recorrió las habitaciones más detenidamente sopesando cuál ocuparía esa noche. En el dormitorio principal llamaba la atención la cama de matrimonio, de cada esquina emergía audazmente una columna salomónica que alcanzaba la altura de un hombre. Sobre la cabecera de la cama, un Cristo de gran tamaño le hizo levantar una ceja con ironía. La otra habitación, aunque más pequeña, estaba amueblada con un estilo más moderno. "La habitación de crío de Lago... Ya sé donde voy a dormir esta noche, al menos esta habitación no da grima." Se tiró sobre la cam, y se hundió en ella  como si de una arena movediza se tratara. "¡Este colchón no aguanta ni su peso! No me va a quedar más remedio que dormir en la habitación de Escarlata O´Hara..."
  De camino al salón volvió a oír un insistente goteo en la cocina.
–Anda que... Menos mal que pasado mañana viene a por los muebles y podré comentarle en persona lo del grifo –pensó en voz alta mientras lo cerraba, esta vez más fuertemente.

  De vuelta en el salón admiró los antiguos retratos fotográficos que adornaban las paredes. A la tenue luz de un atardecer nubloso aquellas miradas de otra época le pusieron el vello de punta. Un espejo rectangular con un grueso marco dorado de hojas de acanto se situaba frente a las fotos. Aunque le diera la espalda a los retratos, estos seguían buscando su mirada desde el espejo. Le dio repelús aquella violación de su intimidad y se giró bruscamente. Deslizó el dedo por las molduras casi barrocas de los muebles mientras buscaba en su móvil un restaurante chino al que pedir la cena. Bajó mientras tanto a la calle para sacar su maleta del coche. La comida llegó pronto y Rocío encendió el que parecía el único elemento del siglo XXI del salón; la televisión le ofreció una reposición del programa Cuarto Milenio, que por supuesto no fue de su agrado, escuchar historias fantasmagóricas no casaba ni con su naturaleza escéptica ni con sus circunstancias actuales. En efecto se hallaba sola, de noche, en un piso tétrico que le era extraño, y bajo las miradas de personas aún más ajenas que la observaban desde los cuadros.

  Acabada la cena, ocupó casi con disgusto la habitación principal. Vistió la cama con sábanas limpias (Lago le había indicado en que cajón podría encontrarlas), se cambió, se colocó los auriculares del móvil con el The Wall de Pink Floid, y acostada en la cama abrió un ejemplar de la revista Nature en inglés. Veinte minutos después, satisfecha su curiosidad sobre los últimos estudios acerca del melanoma, y agotada tras un día en el que había conducido más de 400 kilómetros y visitado tres pisos, dejó la revista y los auriculares sobre la mesita. Como para recordarle dónde estaba, un goteo familiar rompió el silencio de la habitación. "Sabe Dios cuánto tiempo llevará goteando... Me da igual, no me levanto yo de aquí por nada del mundo".

  Pero a pesar del cansancio, una cama extraña y el monótono goteo que marcaba el tiempo golpeando sus oídos con rítmica insistencia, no le permitían conciliar el sueño. "Mañana es Sábado y podré levantarme tarde, no pasa nada si duermo mal... ¿Qué hago para relajarme?" Se levantó, fue a la cocina donde se sirvió un vaso de agua y cerró el grifo con brusquedad. "Un momento... Dónde estará la llave de paso..." La localizó debajo del fregadero, la cerró y dedicó una mirada entre desafiante e irónica al grifo causante de sus desvelos.

  De camino a su habitación hizo un alto en el cuarto de baño, y mientras se desprendía de la Coca-cola de la cena se fijó en la bañera. Era un modelo anticuado, pero enorme para las bañeras que actualmente se instalan. La verdad es que la primera vez que la vio, se imaginó a si misma cubierta hasta el cuello de espuma y escuchando un walkman amarillo en plan Pretty woman.  "¿Y por qué no?" Abrió la llave del agua caliente y el termo eléctrico llenó en unos minutos la bañera. Vertió una buena cantidad de gel para que hiciera espuma, se desnudó y se introdujo con deleite en la bañera. Agitó con sus delgados miembros el agua y la espuma empezó a cubrir la superficie. Se entretuvo como una niña, haciendo pompas de jabón y cubriendo sus brazos y pecho con imaginarios vestidos de espuma.

  Relajada, recostó su cabeza sobre una toalla doblada, que a guisa de improvisada almohada  reposaba en el borde de la bañera. Cerró los ojos, y aunque no se durmió, su mente estaba a kilómetros de aquel cuarto de baño. Tan lejos, que no pudo ver los dos bultos que emergían de la bañera, cada uno a un lado de sus caderas. Se alzaban lentamente mientras la espuma que los cubría resbalaba, dejando a la luz la naturaleza de aquellos apéndices; eran manos. Unas manos negras, sin uñas ni marcas digitales. A los pocos segundos, aquellas manos ya eran brazos. Asomaban ya los codos cuando otro bulto negro asomó a la superficie entre las piernas de Rocío.
  Rocío no notó ningún contacto con nada extraño. Lo que sintió fue más alarmante si cabe; se le erizó la piel desde la nuca hasta los píes, le dolía todo el cuerpo, y podía sentir con horror como la sensible piel de sus pezones se resquebrajaba hasta sangrar. Temblaba casi presa de convulsiones, y tenía dificultades para respirar. Quería gritar, pero le era imposible. No sabía cómo, pero de repente se estaba bañando en agua congelada. Cuando abrió los ojos, una cabeza sin boca, ni nariz ni ningún otro rasgo la observaba (si esto era posible), a escasos palmos de su cara. Sin poder controlar su cuerpo, Rocío vio como aquel ente alargó sus brazos negros hacía su rostro mientras una boca (si es que puede llamarse así a aquel orificio desdentado y carente de labios) se abría en aquella cara muda de rasgos, componiendo una expresión de angustia y desesperación.

  Por fin un sonoro grito escapó de la garganta de Rocío. Estaba en la cama. Todo había sido un sueño, y su propio grito la había despertado. Lejos de estar congelada, notaba un sudor cálido y pegajoso corriendo por su pecho bajo el pijama.

  En el silencio de la noche sólo era audible su respiración agitada y el familiar goteo en la cocina. "¿No había cerrado la llave de paso? ¿o lo he soñado? Ese grifo me va a volver loca”. Poco a poco logró controlar su respiración y su ánimo. Como científica, como personal racional y crítica, se avergonzaba ahora de sus reacciones ante una simple pesadilla. "Me levantaré, y cerraré esa llave de una vez”. Buscó a tientas el interruptor de la luz sin encontrarlo, se levantó de la cama y por fin dio con él. La bombilla iluminó la habitación, y Roció gritó al ver una mano extendida muy cerca de su cara. Pertenecía al Cristo que colgaba sobre el cabecero de la cama. "¡Qué tonta soy!", se repitió a si misma que era racional, pero lo cierto es que tapó la talla con una camiseta... Y más tarde, en el pasillo, pasó sin atreverse a echar una ojeada dentro del cuarto de baño, que casualmente tenía la puerta abierta. Y fue entonces, en mitad del corredor, cuando vio un resplandor proveniente del final del pasillo, casi después las luces se apagaron, y oyó un gran estruendo.

  Se encontró sola en una oscuridad casi completa. Pegada a la pared y sin saber si continuar hacia la cocina o volver sobre sus pasos. Nuevos resplandores al final del pasillo seguidos de nuevos estruendos la sacaron de su indecisión. "No es más que una tormenta... ¿Qué hay más natural que el hecho de que la luz se vaya durante una tormenta? Pasa continuamente..."

  Avanzó por el pasillo sin despegar la mano de la pared, a ciegas, salvo cuando un nuevo relámpago iluminaba fugazmente el final del pasillo. La única puerta que comunicaba la cocina con el resto del piso estaba en el salón, así que cuando en su camino paso cerca de los ventanales del salón, decidió acercarse para mirar al exterior en busca de algo de luz. Aunque era noche cerrada, el cielo tenía un color rojizo, cargado de electricidad. Los rayos cruzaban el horizonte y saltaban de nube en nube antes de morir en un estallido contra el suelo. Sin embargo, no caía ni una gota de lluvia.
  Se quedó embobada unos minutos admirando la tormenta eléctrica, ignorante de lo que había pasado por alto. Si al acercarse a la ventana no hubiera evitado su reflejo en el espejo del salón para esquivar la mirada de los retratos, habría visto dos manchas rojas de sangre a la altura de sus pechos. Sangre que tomó por sudor en la oscuridad de la habitación tras la pesadilla. Si no hubiera estado absorta en la ventana, al resplandor de cada relámpago habría visto una figura menuda y oscura, de píe, en mitad del salón. 

  Parecía que la tormenta se alejaba. Los relámpagos se sucedían con menos frecuencia y el insistente goteo le recordó qué hacía despierta a esas horas. A oscuras, se encaminó a la cocina y una vez allí tanteó la encimera hasta hacerse con el mechero destinado a encender la hornilla. Usándolo para alumbrarse se dirigió al fregadero y cerró la llave de paso. El grifo seguía goteando, así que agarró el mando para cerrarlo. En cuanto tocó la pieza de latón supo que algo iba mal; el mando estaba prácticamente congelado. Súbitamente sintió un aliento frío sobre su nuca. La temperatura de la habitación cayó como en un congelador. Rocío sentía el vello de su piel contra el pijama y podía ver el vaho de su aliento. Lentamente, como si otra persona decidiera sus movimientos se giró. Ante ella, la visión de lo imposible. Sus miembros flaquearon, notó un sabor ácido en la boca y acabó perdiendo el conocimiento y desplomándose.

  A la mañana siguiente, con la claridad del día, Rocío despertó. Estaba aterida por haber dormido gran parte de la noche sobre aquellos azulejos gélidos. Casi no recordaba lo que le había pasado la noche anterior. Sólo al escuchar aquel odioso goteo tomó conciencia de dónde estaba y salió de la cocina atropelladamente. Incapaz de dominar ni el pánico ni su cuerpo dormido, tropezó con el marco de la puerta de la cocina y cayó al suelo. Más allá del salón, al fondo del pasillo vislumbró una sombra que avanzaba hacia ella. Arrastrándose por el suelo huyó hacia la puerta del piso. Los nervios y la presión añadida de la sombra acechante no le permitían accionar el mecanismo del cerrojo de la puerta. La sombra se acercaba lentamente, y a medida que avanzaba adquiriría apariencia humana, si bien no tenía píes y parecía flotar. Cuando la sombra se hallaba a escasos metros, Rocío consiguió abrir la puerta y salir al descansillo. La puerta se cerró sola dando un fuerte portazo.

  Rocío apenas había sentido alivio cuando una mano en su hombro la sobresaltó.
– Pero ¿qué te pasa chiquilla? –La vecina la ayudo a levantarse– ¿Qué te ha hecho ese novio tuyo? Tienes el pijama perdido de sangre...
  Ya en el salón de doña Angustias Rocío bebía una taza de café caliente con una manta sobre los hombros.
– He llamado a un cerrajero. Pues yo pensaba que eras la novia de Lago...
– No... Sólo le he alquilado el piso...
– Bastante ha tardado ese descastado en poner en alquiler el piso de su pobre madre... La pobre Xana todavía estaba caliente y ya estaba en tratos con un anticuario para venderle los muebles... De alguna forma tendrá que pagar sus deudas de juego, que una no es tonta y tiene oídos... Que todo se sabe... Yo no le hubiera dejado ni una perra más de la legítima. No se la merece desde luego. ¡Abandonada estaba la pobrecita! Aparecer ahogada en la bañera porque no tenía quien la cuidara... ¿Hay derecho a eso, Señor? Solita... Y tan lejos de su tierra... Que la pobre extrañaba con toda su alma el verdor y la lluvia de sus montañas, allá en el Norte... Ya ves que aquí ni con la tormenta de anoche cae una gota... La pobre dejaba gotear el grifo de la cocina para poder escucharlo desde el salón... Decía que le recordaba a las goteras del establo de la vieja casa de campo en la que se crió... En fin, que en paz descanse... Una historia bien triste, hija, pero deja de llorar que hay cosas que no tienen arreglo.

                                                        Francisco Alcaide Urbano


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